La diversa normalidad
La denominada “normalidad” no constituye una verdad universal ni un criterio objetivo. Es, en gran medida, una construcción social moldeada por dogmas, costumbres, educación y cultura.
Pretender elevarla a parámetro absoluto para medir a las personas no solo es erróneo, sino profundamente injusto. Utilizar esa idea de normalidad para rechazar, excluir o desacreditar a otros no puede ampararse en la libertad de opinión.
Cuando el juicio se convierte en descalificación y el desacuerdo en desprecio, deja de ser opinión para transformarse en intolerancia.
Aquello que algunos califican como anormal no es, por definición, indigno ni incorrecto. Existen condiciones, formas de vivir y expresiones personales que, aun siendo distintas, son legítimas y merecedoras de respeto.
La diversidad no degrada la convivencia; la enriquece. Juzgar a una persona desde prejuicios propios no define a quien es juzgado, sino a quien juzga. La calidad humana no se mide por la adhesión a patrones impuestos, sino por la capacidad de respeto, empatía y consideración hacia los demás.
Nadie está obligado a vivir conforme a los ideales, expectativas o límites mentales de otro. El respeto no exige comprensión absoluta, pero sí dignidad y una conciencia amplia de realidades distintas a la propia.
D.V. Torres

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