La tolerancia como estandarte


Cuando una creencia religiosa o una postura política propicia el odio y el rechazo hacia quien no la comparte, resulta prudente replantearse en profundidad el modo de pensar y sentir. El fanatismo gangrena la conciencia y enferma la conducta humana. Los individuos, con independencia de sus ideales, merecen ser educados desde los estándares básicos de igualdad, respeto y tolerancia. 

Es absolutamente indefectible transmitir información con datos precisos, contrastados o emitir opiniones sustentadas en el razonamiento, incluso cuando resulten contrarias a aquellas que otros profesan. Este es el principio fundamental de la libertad de pensamiento y de expresión. Aprender de la diversidad nutre el intelecto, amplía la conciencia y dignifica el alma. Cuestionar, provocar la duda e invocar al conocimiento carece de imprudencia alguna. Obrar contra alguien, directa o indirectamente, por no seguir un camino previamente fijado cuando existe un amplio campo abierto de posibilidades, deshonra a quienes así actúan. 

Entre el blanco y el negro existe una extensa gama de colores; cuestión distinta es que haya quienes se centren únicamente en aquel que les conviene, promueven o han sido inducidos a considerar como la única alternativa posible. A veces, el miedo a perder una senda predispone al conflicto interior, que termina proyectándose sobre los demás. 

Hay tanto por aprender que una sola vida no alcanzaría para ello. Sin embargo, lo esencial no es necesariamente aceptar una idea o un modo de proceder, sino trabajar la tolerancia hacia el nivel mental e intelectual de los otros, como base para una convivencia humana condescendiente y satisfactoria. 

D.V. Torres

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