Pensamiento libre
El pensamiento libre, obviamente, no está atado a dogma alguno ni a creencias establecidas, a una educación carente de valores o moral, ni se somete a los lineamientos de determinadas doctrinas. No necesariamente simpatiza con una u otra ideología y, por lo general, tolera cualquier raza, cultura y nacionalidad, siempre considerando la ética que estas promuevan.
Las religiones, las filosofías intrincadas y las sectas organizadas no son compatibles con el libre pensar.
Se nace sin identidad; los “sellos estampados” en la persona no servirán de nada después de la vida: se descompondrán junto con el cuerpo.
Pensar libremente no implica divagación mental, ni el abordaje del absurdo o la sinrazón. Por el contrario, supone una disposición constante a aprender mediante la indagación, el espíritu crítico y el estudio profundo de aquello que llega a la vida y a la experiencia del libre pensador, hasta lograr adentrarse en la verdad.
No es utopía, rebeldía ni indicio anárquico. Consiste, más bien, en comprender que la libertad de pensamiento anima a ver más allá de fronteras artificiales, de límites innecesarios o de restricciones impuestas para impedir el indagar.
No es libertinaje, sino una férrea voluntad de elección: la capacidad de discernir y hallar sabiduría en un mundo rebosante de control, donde entidades ajenas se desviven por infundir ideas y voluntades particulares, intentando convencer (la mayoría de las veces) sin consentimiento ni respeto por la libre decisión individual.
Pensar libremente es, en esencia, un acto de conciencia, responsabilidad y dignidad humana.
D.V. Torres

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