Detrás de las impresiones
“La primera impresión es lo que cuenta”, este dicho, tan popularizado, no es tan certero; habría que analizarlo de fondo. A las personas no se las conoce por sus gestos amables, su elegante forma de vestir, la dialéctica que dominen ni por su agradable semblante. Detrás de todo ello hay mente y emociones que, evidentemente, no salen a relucir en un primer encuentro y, con frecuencia, ni siquiera con el transcurso de los años.
Lo que se recibe es tan solo una percepción, un juicio de valores, a veces blindado por la cultura y la educación de quien obtiene tal impresión. Conocer exige una óptica más neutral, una mirada orientada al Ser y no a la personalidad ni a sus múltiples apariencias.
Hay casos en los que, en un trato fortuito, ha habido rechazo hacia alguien, pero irónicamente se forjó después el lazo de una amistad satisfactoria o incluso de un matrimonio afortunado. No hay que estigmatizar ni sentenciar a nadie por la impresión que desprenda cuando se desconoce la hondura de su carácter, los principios que alberga y la proyección real de su conducta.
Como apunta otro dicho: “caras vemos, corazones no sabemos”. Y este, de cierto, es mucho más fiel a la realidad. Juzgar sin conocer es proyectar en el otro lo que habita por dentro. Quien se acerca sin clichés, desde la comprensión y la mesura, puede hallar a un Ser fascinante, capaz de enriquecer su vivir y sus experiencias.
D.V. Torres
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